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Reflexiones del hijo de una mujer rural

Por Jesús López Colmenarejo, director ejecutivo

Las mujeres suponen más del 50% de la población española. Son mayoría, sí, pero su fortaleza no reside mayoritariamente en su número, sino en su actitud y aportación a la sociedad. Una aportación que por otra parte, aunque cada vez es más visible y reconocida, en la España de la UE y del siglo XXI aún no hace honor a la que debería ser. 


Si enfocamos en concreto al sector agrario esta invisibilidad es aún mayor, aunque evoluciona positivamente. Es cierto que se han implementado leyes como las de titularidad compartida y se sigue promoviendo que las agricultoras estén más presentes en los órganos de decisión de cooperativas y asociaciones, pero aún queda un largo camino que recorrer, y no es un camino que pueda quedarse en el papel. 

El peso de las tradiciones presentes en nuestro sector agrario es muy fuerte y, como todo, tiene su cara positiva y negativa. Nuestro medio rural es un reservorio de cultura y de historia, pero en muchas ocasiones, más de las deseables, el famoso "techo de cristal" de las mujeres en el sector agrario español parece estar cubierto además con un tapete de ganchillo elaborado por ellas mismas. 

Afortunadamente son cada vez más las agricultoras y ganaderas que se quitan prejuicios de encima y lucen en redes sociales tecnología, trabajo e implicación en las tareas rurales en esas mismas labores que hicieron sus madres y abuelas pero que nadie tuvo en cuenta o daba por supuestas. 

¿Huelga sí o huelga no? cada cual tiene su opinión y argumentos al respecto, pero las mujeres tienen el mismo problema que los agricultores: la huelga lo único que les proporciona es visibilidad, nadie les garantiza más derechos al acabarla y la mayor parte de las veces, la satisfacción de haber hecho lo correcto viene acompañada por la acumulación de trabajo al día siguiente.

 Visibilicemos el problema y pongamos granos de arena todos, hombres y mujeres porque estamos en el mismo barco. Adecuemos nuestro día a día y pongamos no solo nuestro esfuerzo personal sino que inculquemos valores y conceptos en nuestros hijos e hijas, conceptos que permitan que ellos ya no tengan necesidad de celebrar ningún 8 de marzo.

 

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