Editorial Agrícola
Economía

Perder las raíces es perder la esencia

21/06/2022

La esencia de las sociedades se basa en gran parte en su cultura tradicional. La europea es una sociedad muy plural y diversa; la española lo es también y, durante siglos de nuestra historia, Castilla se asimiló como el modelo de la España interior.  

Esther Herranz. Experta en la UE y agricultura (diputada europea 2002-2019), profesora y apasionada del sector agroalimentario


La riqueza que tanto la agricultura, que daba el sustento para seres humanos y para los animales, como la ganadería, con la Mesta como gran organizadora de la riqueza que el ovino trajo a España, es la prueba de la importancia que este noble oficio agrario trajo a nuestra cultura tradicional. La precariedad alimentaria exigía los cultivos en bancales con mucha pendiente y los conocimientos de campo y clima, transmitidos de padres a hijos durante generaciones, eran imprescindibles para la supervivencia. Los usos y costumbres de la Mesta ponían orden y concierto en el ganado.  
 
En la segunda mitad del S.XX Europa occidental se lanzó a una profunda transformación económica que llevó a gran parte su población a la ciudad, pero no abandonó su mundo rural, su cultura tradicional. No estigmatizó sus zonas rurales ni castigó a sus pobladores, ni mucho menos renunció a su cultura rural tradicional. Muy al contrario, países como Francia, Gran Bretaña o Alemania han cuidado con esmero hasta el día de hoy su mundo rural, que representa una cultura de la que están enormemente orgullosos. 
 
España llegó más tarde al proceso industrial y el desarrollismo franquista, dotado de pocos medios económicos, apostó por los tecnócratas que decidieron prescindir del campo y sus tradiciones en beneficio de los barrios obreros urbanos. Con ello se comenzó a perder la cultura rural tradicional española. Palabras como sexmo, jofaina, celemín, serrijón, ristrel o escriño ya no son roceras para un graduado universitario por muchos máster que acumule, puede que algunas no figuren ya en el diccionario. 
 
El economista D. Emilio Ruiz Ruiz (Soria, 1927-2012), excelente conocedor de las tierras, costumbres y cultura de Castilla, quien presidió durante años el Centro de Estudios Sorianos y era colaborador habitual del periódico El Norte de Castilla, describe con agilidad y destreza la sociología rural de la España interior. Habla de la asfixia del mundo urbano y la necesidad de libertad, que solo se alcanza con sosiego, reflexión, en la soledad de un paseo por el campo al aire libre, habla de la sabiduría rural. Y pone en evidencia la estulticia de quienes hicieron lo posible por olvidar la esencia rural y al tiempo se pavonearon en los despachos y las Facultades de poseer vastos conocimientos científicos.  

También retrató la cultura tradicional rural española. Y, por encima de todo, enarboló la bandera de la libertad que todo ser humano tiene que tener asegurada para elegir dónde y cómo quiere vivir y, para ello es imprescindible que la Administración ponga los medios necesarios para ello. Tres son los libros que de él conozco, aunque me constan más, hablo de El campesino en su sexmo (1969), Maya (1987) y Camino de la memoria (1999), les recomiendo que lean con atención esas obras, son cortas, pero auténticos tratados de sociología y, sobre todo, Ruiz adivinó el camino que inexorablemente íbamos a seguir como sociedad, renunciando a nuestra cultura y tradición, porque perder las raíces es perder nuestra esencia y eso es un suicidio como sociedad, un abandono a los valores que nos han hecho grandes como país y como Estado.

Les dejo un fragmento de Maya que viene como anillo al dedo a la relación entre el campo y los burócratas de Bruselas, juzguen ustedes mismos: “... recordaba la conversación que no hacía mucho tiempo había mantenido con el alto jefe de la Planificación Española para el Desarrollo: -Jamás tendréis apoyo en esta Casa. Los recursos, tú lo sabes, precisamente porque son escasos, hay que dirigirlos a las zonas más prósperas del país; tendréis que ser vosotros los que vayáis a buscar la riqueza, la prosperidad. (…) Aquel gabinete de Estudios Económicos estaba compuesto por hombres mediocres, pero muy engreídos. El ambiente que allí se respiraba era semejante al de un laboratorio destinado a la obtención del modelo ideal de desarrollo con medios muy escasos y grandes pretensiones. Trabajaba contra reloj, y cuando les faltaba algún dato lo improvisaban, y en paz. No obstante, de allí salían decisiones que iban a afectar a pueblos, a familias enteras.” (Maya, 1969, pág. 24).

Análisis de actualidad

El contexto actual, con una crisis alimentaria, la despoblación y el abandono de tierras es un drama anunciado hace décadas, pero corregido y aumentado por la globalización. También coadyuva el empecinamiento sistemático en orientar nuestra PAC europea hacia una menor producción que, al parecer, es el objetivo de la Comisión Europea, donde cada comisario quiere hacer su propia reforma de la política agrícola y esto desorienta y confunde a los agricultores; justo lo contrario de lo que han venido haciendo otros con sus ayudas contra cíclicas y de lo que hacen grandes potencias mundiales. 

Los agricultores y ganaderos que nos describió D. Emilio Ruiz ya sabían bien que en épocas de zozobra no se deben hacer mudanzas y ahora los tiempos andan muy revueltos y el agro reclama serenidad y seguridad. Creo que en esta ocasión, si no queremos perder nuestra esencia como sociedad, deberíamos esperar para recortar nuestra producción agraria y ganadera y repensar un poco más cómo tratamos a nuestro mundo rural y la tradición. Apostar por la esencia para no perder nuestras raíces. 
 
La España de 2022 necesita tener asegurados los alimentos en cantidad y calidad a precios razonables, máxime cuando los precios de la energía están desbordados y el trabajo es precario y la prima de riesgo amenaza con volver a visitarnos en los informativos. Esta España nuestra no termina de levantar el vuelo tras la COVID porque el jardinero no apuesta por la esencia y así no está dejando crecer el árbol con buenas raíces, improvisa a menudo y no tiene claras las prioridades de la población, no le importa que el árbol crezca torcido o que le parta un rayo. 

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